11 de septiembre de 2008

Mirko Brkljačić



Nació en 1.926 en Zagreb, en pleno centro de la Ciudad.
Su padre falleció en 1.928.
En el ´32 su madre volvió a casarse y se mudaron a Belgrado.
"Luego volvimos a Zagreb, durante el Estado Independiente de Croacia, o sea, hasta el año 1.945, la caída del régimen croata de Pavelic, la llegada de los partisanos de Tito. Me recuerdo los días de la retirada de las unidades croatas, todos yendo hacia Austria para entregarse allí al enemigo menos cruel. Además de las unidades croatas, pasaron por Zagreb columnas tras columnas de "cetnik" montenegrinos de "vojvoda" Djevdjevic, tropas alemanas atrasadas, civiles... y el gobierno junto con Pavelic. Luego comenzó la gran persecución contra los nacionalistas croatas, especialmente aquellos que desempañaban algún rol en el gobierno o vida pública.
Durante el Estado Independiente de Croacia tenía la prórroga para el servicio militar por la edad y por mi condición de estudiante secundario. Al terminar la secundaria había una reunión estudiantil en el cine "Balkan" y nos dijeron "si quieres seguir en la universidad tienes que anotarte como voluntario para completar la liberación de los territorios yugoslavos", es decir Trieste, Gorizia y las zonas aledañas.
- ¿Y en qué consistía el voluntariado?
Consistía en que sin haber disparado jamás un tiro, nos entregaron armas tipo Schmeiser y nos llevaron a los alrededores de Trieste, para "combatir" contra los aliados y tomar Trieste. Así sin darnos cuenta, entramos a formar parte de una brigada "proletaria". En lugar de brigadas de trabajo, eran brigadas de combatientes.
Entonces, en Trieste estaban las tropas aliadas (ingleses, estadounidenses, neozelandeses) y nosotros del otro lado. Me acuerdo que estuvimos toda una noche atrincherados, listos para el ataque y sólo esperando que nos digan “adelante” y a atacar con tal de conquistar Trieste. Pero esa orden nunca llegó, parece que se llegó a un acuerdo entre los jefes de ambos bandos, si no, seguro que ahora no contaba esta historia.
Así pasé siete meses dentro del ejército y dije ”no, ya me cansé de todo eso”. Mi hermano mayor era oficial del Gorski Zdrug (Tropas de Montaña) del ejercito regular croata -domobran y yo sabía que él se había retirado con otros a Austria. Pero no tenía ni la menor idea si había logrado llegar y ponerse a salvo.
Por otra parte, después de cuatro años de haber tenido privaciones de toda clase: escasa comida, sin ropa ni diversiones, oscurecimientos, alarmas aéreas con escapadas a los refugios, bombardeos y ahora una vida aún peor que antes! Ya no quería seguir más con este asunto, quería vivir libre. Entonces logré conseguir un permiso de quince días para ir a mi casa, algo así como una licencia por enfermedad. Para la revisación médica me tomé dos pastillas de quinina que me había indicado y conseguido un enfermero, quien comprendía mi situación y así llegué al examen médico con una tremenda taquicardia y arritmia.
Y cuando llegué a mi casa de Zagreb me enteré que mi hermano había pasado por allí con un gran grupo de prisioneros, que fueron devueltos por el ejército inglés de Austria y entregados a los partisanos de Tito. Luego, una vez reunidos de nuevo, me enteré de todo lo que había pasado con él y sus amigos en Bleiburg y Dravograd y en la famosa columna de la muerte. Mi hermano, luego del largo camino desde Austria hasta Kovinj, casi en el límite con Rumania, donde estaba el campo de prisioneros de guerra, había sido amnistiado luego de pasar cinco meses allí. Como nacionalista sabía que en cualquier momento podían buscarlo de nuevo, así que buscó la manera de abandonar el país. Ese intento tuvo éxito y pudo llegar a Italia.
Recuerdo cuando estábamos en la ruta en Eslovenia y veíamos pasar las columnas de prisioneros que venían desde Austria y yo veía personas conocidas, pero nunca vi a mi hermano. Tampoco nunca vi partisanos que mataran a alguien, pero las que eran malas eran las mujeres, las partisanas, eran las peores: agarraban un prisionero cualquiera –“Vos mataste a los míos, vos me quemaste mi casa” -aunque no hubiera sido así y se enloquecían todas y nadie podía intervenir y lo maltrataban, golpeaban y lo mataban.
Así me jugué la chance de la vida. La única forma de terminar con todo aquello era escapándome a Italia, corriendo el riesgo mortal que significaba si me agarraban en el intento de escape, de deserción que se castigaba con ejecución inmediata.
Así que en vez de volver a Ljubljana donde estaba mi unidad, me fui a Rijeka donde debía estar una persona que me iba a trasladar a Trieste, por supuesto, en forma clandestina. Llego a Rijeka y estaba buscando a esa persona y no la encontraba, cuando la encontré me dice: "...pero es muy peligroso eso, si me agarran me van a fusilar" y yo le dije: "mire, aquí tengo 20 monedas de oro, 20 napoleones para que me lleve a Trieste”.
Ya habían pasado 24 horas desde el momento en que tendría haberme presentado a mi unidad y ya estaba en la orden del día, me estaban buscando. El hombre dijo, "vamos a hacer todo lo posible" y consiguió un permiso provisorio de otra persona, borrando una fecha y anotando la otra, pero a simple vista era evidente que se trataba de un documento trucho y dijo: "...vamos, voy a arriesgarme". Él tenía una chata con la que iba tres veces por semana Rijeka - Trieste con un permiso especial porque el hombre llevaba pescados o algo similar.
A las cinco de la mañana salimos de Rijeka, era de noche todavía y por la ruta eran unos 100 Km entre Rijeka y Trieste, había siete controles en total y siete veces nos pararon pidiendo los permisos y yo, para colmo, tenía puesto el uniforme militar, arriba un mameluco y la cabeza rapada con un gorro cualquiera. Yo iba con un nombre italiano en el permiso y hablaba italiano pero lo hablaba mal. Fumaba todo el tiempo, pasaba un control, el otro, pero todo bien. Cuando llegamos al último, que era el más bravo, ya después venía la tierra de nadie y después tierra de los aliados, estaba lloviznando y yo decía: "¿qué voy a hacer si se dan cuenta de que esto está borrado?” Venían y pedían documentos tres tipos con fusiles automáticos y eran tipos un poquito más instruidos que podrían haberse dado cuenta. Entonces, salgo de la chatita y me hago como que estoy arreglando algo en la goma con barro y me ensucié los dedos con la grasa y la tierra y agarré el papel mío y con el dedo pasé sobre el asunto que tenía borrado con la fecha y cuando me lo pidieron, para hacerme el distraído silbaba una canción italiana, “Fiorellin del Prato...” para que piensen que era italiano. Cuando por fin siento que dice, "U redu, naprijed!" (En orden, adelante) me sentí como recién nacido!. Subimos a la chata, arrancamos, y pasamos unos 300 metros de tierra de nadie y nos para un neozelandés, un tipo grandote, alto y dije: ¡Ya estoy a salvo!.
Entonces seguimos hasta Trieste, donde yo tenía unos parientes: los dos hermanos de mi mamá, que tenían un negocio mayorista. Cuando llegué allá, le di al tipo este los 20 ducados de oro. Si hubiera tenido 200, se los daba igualmente.

- ¿Cuándo llegaste a Trieste?
Llegué a Italia y me dice mi tío “tu hermano está aquí en la casa de Grado, vos también te vas a quedar allí hasta que la cosa en Croacia se arregle”. Allí vivimos un año y dije “esto no se va a arreglar más en Croacia”. En Roma conseguí el pasaporte de la Cruz Roja Internacional, para las personas que habían quedado sin sus previas ciudadanías. Para eso había que ir al campo de refugiados en Bagnoli (Nápoles) y estuvimos como siete meses y no pasaba nada. De ahí nos mandaron a Alemania con todo el contingente en tren en 1.948. Estuvimos como tres o cuatro meses cerca de Hamburgo y un día nos dijeron “prepárense que mañana viajamos a Argentina en un barco norteamericano -el “General Stewart”. Salimos de Bremerhaven. A mí me mandaron con algunos más un día antes para que sirviéramos de seguridad porque yo hablaba inglés y era un barco de transporte de tropas de la marina de guerra norteamericana. Salimos y llegamos a Argentina en junio o julio del ´48. Nos quedamos en el Hotel de Inmigrantes.
- ¿Cuántos eran?
Éramos muchos, era un barco con croatas, eslovenos, lituanos, polacos, ucranianos, pero mayor parte croatas. En Argentina ningún problema, el país estaba en la gloria, tenía plata y empleo para todo el mundo. A los tres días encontré un empleo.
- ¿En qué consistía ese empleo?
Un día estaba parado en los mostradores de la recepción del hotel, donde iba la gente a pedir mano de obra y vino una señora con un chico de quince años y decía que quería una persona para ir a trabajar a una estancia que tenía en La Plata para unos trabajos livianos. Y yo no sabía castellano, pero sabía italiano e inglés y ella me habló en un inglés perfecto y me dijo que me pagaría $150 y la comida y la casa. “Y bueno... ¡cómo no!
En la estancia me dieron una casita muy linda para mí solo. Uno de los mejores días que pasé en Argentina fue en esa estancia. Además, después de haber pasado en Alemania una hambruna como nunca, llego acá y había de todo: carne, leche, caballos y tenía un jeep a mi disposición. ¡Era una cosa fantástica!
Un día vi un aviso en el diario donde decía que necesitaban gente para el Hotel Claridge con conocimiento de otro idioma. Me anoté y enseguida me tomaron y trabajé como recepcionista desde el ´48 al ´50. Ese año me vine a Mendoza. Todo por una invitación que tuve para venir a esquiar y me gustó mucho Mendoza: otro aire, montañas. Y cuando uno es joven, un día está acá, otro día está allá y como estaba Argentina en ese entonces, por el trabajo no había ningún problema.
Me conseguí un trabajo en un estudio contable con máquinas IBM: una computadora de aquella época, que era enorme, se trataba de un conjunto de máquinas en base a tarjetas perforadas. Trabajé tres años, rendí las equivalencias de bachillerato y empecé a estudiar medicina. Trabajaba medio día y otro medio día destinaba a los estudios. Pero un día dije “eso no es para mí”.
Después me casé y ya había más responsabilidades. Así, cuando me casé dejé la facultad. Luego, empecé a estudiar geología y a trabajar en Malargüe con empresas petroleras.
Después tuve una empresa propia junto con mi hijo Ivan, contratada por compañías norteamericanas en Llancanelo haciendo el mantenimiento para estas empresas. Después trabajé en la construcción de la planta para el Parque Petroquímico, y luego a la reconstrucción de la usina termoeléctrica en Luján. Me jubilé y listo, estoy acá!
- ¿Ahora qué hacés?
En lugar de descansar "panza arriba", hago traducciones, desde el 1.991 cuando rendí y obtuve la licencia y registro como traductor público de croata, serbio y esloveno, y sin licencia para inglés, italiano, francés, alemán. Mayormente trabajos para grandes empresas y para la Suprema Corte de Justicia de Mendoza como traductor e intérprete oficial de idiomas eslavos.
- ¿Alguna anécdota?
Había un serbio que no sabía nada de castellano y me llaman del Poder Judicial: -“Mire acá tenemos al señor que dice que se llama Vladivojevic y dice que ha perdido su pasaporte y documentos eslavos y no sabe nada de castellano”, lo metieron preso al tipo. Me muestran los documentos que le habían mandado por Internet de Belgrado –“y dice otro apellido "Bragubojebuh". –“No, lo que pasa, señor, es que está escrito en letra cirílica y es distinto”. Ellos no sabían que allá se escribía con letra cirílica y el pobre tipo se pasó como 20 días preso por eso, porque en los papeles no coincidían con lo que él decía.

- Contanos sobre tu viaje a Croacia después de más de 50 años sin volver.
¡Fue como un sueño! Mucha gente me decía “no vayás, no vayás, no te va a gustar nada”.
Al final me decidí a ir y desde el momento en que llegué a Zagreb, no podía sostenerme, me empezaron a correr las lágrimas, como un chico empecé a llorar por la emoción. Me gustó todo, la gente, la ciudad, los paisajes, la limpieza, todo, menos los precios, que para nosotros es prohibitivo totalmente.
¡Pero me gustó todo! Tengo más de mil fotos.
- ¿Cómo fue reencontrarte con esos lugares en los que estuviste tantos años atrás?
Ya no encontré ningún amigo, ningún pariente... lo más triste fue cuando fui a la casa donde viví cuando muy chico en Lika, un lugar hermoso. La buscaba y no la encontraba y les pregunté a unos viejos y me dicen “La casa esa ya no existe más”. Fue destruida por los italianos en la Segunda Guerra Mundial, quemaron todas las casas del pueblo porque tenían miedo de que se escondieran los enemigos adentro o por venganza. Después reconstruyeron parcialmente el pueblo, pero de mi casa sólo encontré una piedrita con el número que me la traje. Eso fue triste.
- Tu balance...
En realidad estoy conforme. Hago un balance y no me quejo. Quizás si hubiera ido a otro país estaría mejor económicamente, aunque aquí he tenido momentos donde he tenido mucha plata. A mis hijos pude regalarles lotes para sus casas... algo pude dar. Pero no todo está en la plata ¿o sí? (risas)
- ¿Algo que te quede por hacer?
Sí... (ríe) volver otra vez a Croacia.
Mi querido amigo Mirko da Clases de Croata "Gratuitas" en la ciudad de Mendoza.
Para mayor información:
Calle 25 de Mayo 34 de Ciudad Mendoza. Tel: 0261 4241716 mail: centrocroatademendoza@gmail.com

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